Despachos de Guerra // Blue li(n)es

diciembre 31, 2010

(adiós 2010) HOLA 2011

Filed under: cambios — despachos @ 1:50 pm

 

els díes i les dones

Pues se acaba el 2010. Un año en que un día nevó, otro hizo más calor del que nadie recordara, uno me fui a la Alhambra, otro me fui a Brujas, un día conocí a Pete Kember, otro conocí a Tacitus, un día perdí al tenis, otro día ganamos el mundial, un día me compré una camiseta de Els Trons, otro día me la puse y me hice una foto, un día fui al cine al aire libre, otro al teatro Almería…  pero si sobre todo ha sido algo este 2010 ha sido un año de pin-ups. Cada día una, excepto los fines de semana en los que la del domingo era la misma del sábado, pero tampoco me quejaba y un día, el 14 de enero,  hasta me salió un cocacolo y aún no me he repuesto, que eso de que en esta vida hay que probar de todo es una verdad a medias, o si preferís, media mentira. En fin, que dejamos atrás este 2010, que no ha sido un año para recordar, pero tampoco para olvidar, y nos adentramos en un nuevo año en el que al principio esperaremos de él grandes cosas y poco a poco iremos bajando las expectativas. Con que lleguemos vivitos y coleando a su final me conformo.

 

FELIZ 2011 A TODOS

diciembre 30, 2010

Idea para vuestro dormitorio

Filed under: iluminados — despachos @ 5:57 pm

Pues ya que vosotros estáis algo flojos de ideas estos días, he estado pensando como alegrar un poco vuestras vidas y vuestros dormitorios. Se me ha ocurrido que pegando vuestras fotos favoritas podríais perfilar en el techo un frondoso árbol con dichas imágenes y así que lo primero que vierais al encender la luz por la mañana, siempre y cuando estuvierais mirando para arriba, fuera esa imagen que os llenaría de pensamientos positivos para afrontar el nuevo día que empieza.

Algo como así:

“¿Y por qué no lo pones en tu dormitorio?” estará pensando el de siempre, el que nada de lo que se me ocurre le parece bien. Pues porque prefiero ver primero como queda en vuestros dormitorios y, si acaso me gustara, ya me pondría manos a la obra. Además, ni siquiera es idea mía, que lo he visto en una serie. The big C.

diciembre 28, 2010

ATENCIÓN

Filed under: gorilas — despachos @ 5:02 pm

Prueba de atención, es muy sencilla en apariencia. Se trata que en el siguiente youtube contéis cuantos pases da el equipo blanco.  Según el resultado sabréis como va vuestra atención.

¿Cuantos habéis contado? yo os lo digo en los comentarios.

diciembre 26, 2010

Gracias amigos

Filed under: casualidades — despachos @ 12:15 am

Hará unos cuantos años,  puede que seis o siete, una mañana del día de Navidad antes de que empezara el trasiego propio de la fecha me dio por poner el disco de Big Star “third album” también conocido como “sister lovers” que es uno de mis álbumes favoritos de todos los tiempos. Y quedé tan satisfecho con la escucha y también supongo que por aquello que canta en “Jesus Christ” de “Jesucristo nació hoy” teniendo en cuenta que yo también nací un día de Navidad, que en ese momento decidí que eso de poner ese disco ese día pasaba a ser una tradición, tradición que he cumplido todos los días de Navidad de todos los años siguientes excepto este 2010, pues quería castigar a este año que dejó que el 17 de Marzo, Alex Chilton, que casi se podría decir que el ‘third album’ es su primer disco en solitario pese a llevar el nombre de la banda, se nos fuera al otro mundo.

Pero por una de esas casualidades que no lo son, a última hora del día me he topado en youtube con una canción de ese disco que voy a aprovechar para agradecer a todos los que me habéis felicitado el cumpleaños ya sea en persona, ya sea vía telefónica, SMS, facebook o foro de internet. A todos vosotros: gracias, amigos “Thank you, friends”.

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Y a todos aquellos que no me habéis felicitado, tranquilos que no os lo puedo tener en cuenta precisamente yo, que soy especialista en olvidar cumpleaños por no saber nunca muy bien en que día me hallo; pero eso sí, lo que no quiero son felicitaciones fuera de plazo, si acaso, al estilo Alicia en el país de la Maravillas, un “feliz no cumpleaños” pues ya hace quince minutos que el día de mi cumpleaños, lo que se dice el día de mi cumpleaños, dejó de serlo.

diciembre 24, 2010

¡¡¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!

Filed under: bocadillos — despachos @ 9:01 pm

Menos al pavo, pobret

diciembre 23, 2010

John Wayne Gacy jr.

Filed under: celebracions — despachos @ 5:21 pm

¿un vecino cualquiera?

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¿Ya habéis pensado las últimas palabras que diréis antes de morir? Casi mejor improvisarlas, porque según en que circunstancias nos pille la dama de la guadaña tal vez sólo nos alcance para decir: ¡Urgh! ¡Argh! ¡Enfermera! ¡Ay!… El que tuvo tiempo en el corredor de la muerte para pensarlas mientras esperaba ser ajusticiado con una inyección letal fue John Wayne Gacy. El 10 de mayo de 1994 tendría la oportunidad de decirlas: ¡Besadme el culo!

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¿Cómo están ustedes?

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¿Y su crimen? A pesar de su dulce apariencia, era famoso por amenizar fiestas de niños disfrazado del payaso Pogo, cuando la policía registró su casa como sospechoso de asesinato encontró 3 cadáveres en avanzado estado de putrefacción en el sótano. Luego encontrarían 25 cuerpos más enterrados en el jardín y aun 5 más en un río cercano. Todos ellos habían sido torturados hasta la muerte por este ejemplar ciudadano de Chicago, John Wayne Gacy, con tanta eficiencia como la que dedicaba a los negocios. Y es que, según sus propias palabras, existían cuatro Johns en uno: “el contratista, el vecino, el payaso… y el asesino”.

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John Wayne Gacy visto por sí mismo

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Tampoco quiero justificarlo, pero a los once años John Wayne Gacy se golpeó la cabeza con un columpio lo que le provocó un coágulo en el cerebro que no sería descubierto hasta cinco años después. Algo se rompió ahí dentro.

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Ahora la ley ¡actúa!

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Os cuento todo esto para bajaros la euforia de la Navidad, que os veo muy contentos y no hay para tanto. Y también para si algún día venís por casa, miréis debajo de las tablas del suelo… por los secretos que tengo escondidos.

Os dejo con la estupenda canción que le dedicó Sufjan Stevens y la letra traducida para que la cantéis en estos días tan señalados junto a vuestros seres más queridos.

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Su padre fue un bebedor y su madre lloraba en cama
Plegando las camisetas de John Wayne cuando el columpio golpeó su cabeza.
Los vecinos lo adoraban
Por su buen humor y su conversación
Mirad debajo de la casa
Y encontrad las pocas cosas vivas, pudriéndose rápido, en sus sueños
de los muertos
27 personas
Puede que más, eran chavales, con sus coches, sus trabajos de verano
Oh, Dios mío.
¿Eres tú uno de ellos?
Se vestía de payaso para ellos
Con su cara pintada de blanco y rojo
Y portándose de la mejor manera posible
En la cama de una habitación oscura los besó a todos
Habría matado diez mil personas
Con la ligereza de su mano, corriendo lejos, corriendo rápido hacia la muerte
Les quitó a todos sus vestidos
Les puso un trapo en los labios, manos calladas, beso callado en la boca
Y portándome de la mejor manera posible
Yo soy igual que él
Mirad debajo de las tablas del suelo
Por los secretos que tengo escondidos.

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diciembre 22, 2010

Feliz Navidad desde Siberia

Filed under: celebracions — despachos @ 11:47 am

Corte sconta detta arcana

– Pero… ¿Qué haces vestido de Papá Noel? Dime…
– Corto, Corto… ¡Feliz Navidad!
– Díos mio, ¿Me habré vuelto loco? Además, hoy no es Navidad.
– ¿Qué importa? Nosotros celebramos la Navidad cuando nos parece…
– Rasputín… ¿Seguro que eres tú?
– No… ¡Soy tu tía!

Pues eso, en resumidas cuentas y por este orden:

  1. ¡Feliz Navidad, amigos míos!
  2. Hoy no es Navidad pero nosotros la celebramos cuando nos parece.
  3. Soy vuestra tía.

Pd: esta imagen está extraída del comic “Corto en Siberia” de Hugo Pratt. Luego fue ampliamente difundida por ladrones como tú (tacitus) pero yo fui el primero en robarla. Vosotros decís ‘robar a un ladrón…’ yo respondo ‘dadle duro al turrón (al duro)’


diciembre 21, 2010

TREN CON DESTINO

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 5:23 pm

“Diecinueve treinta” informaba el enorme reloj digital que, ajeno al tiempo real, nos vigilaba desde una pared de la oficina (he dicho ajeno al tiempo real porque se podría interpretar que anunciaba un año: 1930; año que hacía años que habíamos dejado atrás). “Siete y media” me indicaban las agujas del analógico de mi muñeca. A esa hora exacta, siempre abandono el trabajo de verdad y me dedico, simplemente, a su simulación. Ese fingimiento acaba a la hora de salir:  las “veinte cero cero” (inicio del siglo veintiuno o final del veinte, según se mire) en el dictatorial reloj de pared, o las “ocho en punto” en el amistoso de mi muñeca. Pero aquel día, mi jefe, después de reñir por teléfono con alguien (tal vez su esposa, tal vez su amante), emergió de su despacho con el rostro compungido y ordenó, tanto a mí como a García –sus únicos empleados–, que nos marcháramos a casa inmediatamente. Salimos antes de que se arrepintiese de su repentina decisión, y ninguno de los dos se atrevió  a indagar sobre el motivo de tan temprana marcha. Era la primera vez en mis seis años y dos meses de servicio a la empresa “Lux elektra” –dedicaba al iluminado mundo de las bombillas–, que partía sin escuchar las señales horarias correspondientes a las veinte horas pasado el meridiano en el aparato de radio que el jefe nos permitía tener, si no contamos el verano, en que finalizábamos nuestra jornada a las “tres en punto” o a las “mil quinientas” según relojes.

No me declaro amante de la rutina, pero estoy acostumbrado a salir a mi hora habitual, andar despacio los ocho minutos que separan la empresa de la estación de tren (aunque a veces tardo nueve, rara vez siete), coger el tren de las ocho y doce en el reloj de la estación, y llegar a mi ciudad a las ocho cincuenta y dos (aunque a veces hay retrasos, no imputables a mi persona, sino a la compañía del ferrocarril). Ocho minutos, curiosamente, son los que separan la estación de tren donde me apeo de mi casa (también a veces son nueve, e incluso siete). Transcurrido ese tiempo llego a casa justo al inicio de las noticias de las nueve por televisión, que veo mientras ceno. Aunque me producía mucha alegría ganar treinta minutos para mi propio ocio, he de reconocer que no estaba preparado para aquel rotundo cambio de planes.

Después de bajar las escaleras del edificio donde se emplaza la oficina y dejar atrás la salida del inmueble, al bifurcarse nuestras trayectorias, me despedí de García con el habitual “hasta luego” que siempre nos decimos, a pesar de que nunca nos veamos luego sino al día siguiente. Sin embargo aquel “luego” que alcanza al día siguiente, hoy sería media hora más extenso que el resto de “luegos” que nos hemos dicho durante seis años y dos meses, si descontamos los del viernes que son más amplios, o los de antes de vacaciones, que son “luegos” casi eternos. Me gustaría saber si el día que se jubile García (es dos años mayor que yo) también se despedirá del mismo modo. Podríamos decirnos “adiós”, “abur”, “hasta después”, “hasta pronto”, “hasta otro día”, “hasta otro rato”, “hasta mañana (o hasta el lunes, o hasta después de vacaciones)” e incluso “a la paz de Dios, ¡que usted lo pase bien!”, pero nosotros adoptamos desde la primera jornada de conocernos –el lejano día que ingresé en la empresa, y me presentaron a mi compañero García– aquel “hasta luego” que si bien no es del todo cierto, respira cierto aire de complicidad entre ambos que me agrada muchísimo. Tras la habitual despedida al compañero, inicié mi camino hacia la estación al mismo ritmo que lo haría cualquier otro día: a razón de seis pasos cada dos respiraciones.

Me preguntaba en que gastaría aquella preciosa media hora robada al tiempo de trabajo simulado. Quizás antes de las noticias ofrecieran un buen programa por televisión, tal vez un concurso de cultura general donde poder humillar al concursante oficial con mis superiores conocimientos. Entonces, me percaté de que no tenía ni idea de horarios de otros trenes que no fueran el mío. No sabía que hacer; podría pasar que acelerase el paso, y luego tuviera que esperar en la estación, o que anduviera con exagerada parsimonia, y se me escapara ese tren que salía con anterioridad al habitual de las ocho horas y doce minutos. Decidí mantener la calma, así como la misma velocidad de cada día. Cuando llegué a la estación, ocho minutos después de haber abandonado la oficina, deduje que todo iba bien, pues varias personas se dirigían hacia el andén subterráneo a la vez que yo. Pensé que probablemente se trataría de gente que salía de su oficina a una hora más prudente que la mía, y conocían del paso adecuado para realizar con éxito la llegada a la estación en el tiempo necesario.

Fue al divisar los urinarios de la estación cuando me entraron ganas de utilizarlos. Cada día iba al lavabo de la oficina a las ocho menos tres minutos, me ponía al salir el abrigo (eso ahora, en invierno; en primavera y otoño la chaqueta; en verano, nada), y marchaba cuando las señales horarias daban su permiso. Sin embargo, aquel día no había acudido a mi cita fisiológica, al haber huido con tanta precipitación. Para evitar sorpresas, decidí averiguar la hora de partida del siguiente tren. En una pantalla de televisión situada cerca de las taquillas sería donde podría al fin conocer del horario. Leí “disculpen las molestias…” y no seguí.  No pude preguntar en las taquillas porque había una cola formada por cinco personas, que tardaría más tiempo en diluirse del que yo invertiría en ir al lavabo. He de decir, llegados a este punto, que las taquillas y el lavabo se sitúan en el nivel de la calle, mientras que, por el contrario, el andén se halla en un nivel subterráneo, al que se accede mediante unas escaleras (mecánicas para la ascensión, manuales para el descenso).  En un acto del que todavía me arrepiento, decidí arriesgarme salvajemente y visitar los sucios urinarios de la estación.

Salí de los lavabos con las manos húmedas –no quise gastar excesivo tiempo en secarlas–, cuando escuché allá abajo, donde se sitúa el andén, los pitidos que preceden a las puertas que se cierran. Una mujer bajó las escaleras metafóricamente volando y alcanzó el tren. Pero yo, que sufro de problemas con mis tobillos desde la adolescencia, por culpa de mi ligero sobrepeso, no me quise arriesgar a sufrir una torcedura o un esguince. Bajé a la velocidad que mis leves impedimentos me permitieron, a un ritmo aproximado de cuatro escalones cada dos respiraciones, (pero teniendo en cuenta que mis respiraciones iban mucho más aceleradas que cuando ando desde la oficina a la estación). Pese a la relativa alta velocidad adquirida, tan sólo conseguí llegar a tiempo de, con desespero, observar como el tren iniciaba su lenta partida. Me senté, deprimido, a esperar el siguiente. Había cometido un error garrafal; nunca debí ir a los lavabos: tengo problemas con los tobillos, pero no con la próstata; podría haber aguantado perfectamente hasta mi casa para “cambiarle el agua al canario” que dicen mis ancianas tías para referirse al acto de expulsar del cuerpo los orines, pero la visión de los urinarios me había creado una necesidad irreal. Sin embargo, comprendí que no me debía amargar por tal circunstancia. Yo creo profundamente en el destino, y por sus designios había perdido aquel tren.

Aquí abajo (en el andén, no en los infiernos) sí que funcionaba la información horaria. El siguiente tren partiría exactamente a las ocho y doce minutos: ¡El mismo que me transportaba a mi ciudad cada día desde hacía seis años y dos meses! Estuve esperando más de treinta minutos a que llegara aquel tren mientras hojeaba el suplemento del periódico que habla de deportes con el que cada día me obsequia García para mi entretenimiento en el viaje de vuelta. Debí darme cuenta en aquel mismo instante: si lo leía ahora… ¿qué haría durante el trayecto?

Unos segundos antes de las ocho y doce minutos, subí a mi tren, conseguí aposentarme en mi asiento favorito –tercer vagón (o vagón central), segundo asiento de ventanilla de la izquierda, y vistas al lado montaña– y continué leyendo, pero tres estaciones más allá, dejé la lectura: aquellas hojas no daban para más. Me entretuve en mirar por la ventanilla, pero había tal oscuridad en el exterior, que no pude conseguir distraerme. Fue entonces cuando mi cabeza empezó a dar vueltas a un asunto. Pensé:  “Demasiada casualidad que saliera media hora antes, gozara de la oportunidad de coger el tren anterior, y debido a que mi cuerpo me ha exigido ir al lavabo, ahora estoy viajando en el tren de siempre. Es el destino el que me ha traído a este tren, mientras que mi jefe ha pretendido con su maniobra salvarme de mi sino, pero no se puede luchar contra algo que ya está escrito cuando naces, y que no acepta borrones ni cuentas nuevas. No cabe duda alguna: en este tren me espera la muerte. Probablemente en la próxima estación subirá un perturbado con una pistola y, sin mediar explicación alguna,  me disparará a bocajarro”.

En la siguiente estación no subió nadie que respondiera seriamente a las características del asesino en serie. Fue entonces cuando me recriminé: “Braulio, porque eres tan pesimista” –he olvidado presentarme, mi nombre es, efectivamente, Braulio– “Tu argumento del destino es bueno, Braulio, pero no debe ser enfocado hacia lo negativo. Quizá quien subirá en la próxima estación será la mujer de tu vida y se sentará a tu lado. Tal vez se trate de una princesa en el exilio que te pedirá que la ayudes a recuperar su reino”. He de decir, llegados a este otro punto, que estoy felizmente casado, y casi todo el tiempo pienso que Leonor –mi mujer– es la mujer de mi vida, pero en algunos momentos lo dudo. Por ejemplo cuando observo a hermosas bailarinas, ligeritas de ropa, contonear sus bellos cuerpos en mis programas favoritos de televisión. Por eso esperaba que subiera la verdadera mujer de mi vida, y debía ser más alta, más delgada y con más curvas que mi Leonor, que es como una tabla (mejor dicho, un tablón). En la siguiente estación subió una mujer, y se sentó a mi lado. Pero quizá pesara dos veces más que mi propia mujer, y también apestaba más que la mía. No podía ser el amor de mi vida; casi prefería la idea del desequilibrado disparando contra mi persona, que pasar el resto de mi vida al lado de aquella maloliente y enorme mujer. El hilo optimista tampoco parecía el adecuado. Mientras pensaba en un motivo neutro, ni demasiado positivo, ni oscuro  en exceso, llegó mi estación y me apeé.

En el camino hacia casa se me ocurrió una nueva idea, a priori plausible. “¡Ya lo tengo!  Ahora pillaré a mi mujer en la cama con otro”. Pero enseguida comprendí que se trataba de la ocurrencia más idiota de todas, pues lo que debería haber pasado para tal supuesto es que yo hubiese viajado en el tren anterior, llegado media hora antes a casa, y, entonces, descubrir a mi esposa con su amante. Pero ahora llegaría a la misma hora de siempre, por lo que si la sorprendía, si realmente existe un amante en el mundo con tan mal gusto, en ese caso es que se les había parado el reloj.

Llegué a mi hogar y me puse a ver mientras cenaba, como cada noche, las noticias. Estaba mi mujer… y su amante o se escondía en un armario o no existía mas que en mi imaginación. Me sorprendí, como cada día, con las cosas que suceden por el mundo. Seguí con especial atención la noticia que se hacía eco del rumor sobre la posible existencia de una filtración en la cúpula del “Banco Central Europeo” que podía haber desvelado un plan para incidir en la subida de los tipos de interés de los créditos hipotecarios de sus países miembros, pese a que no tengo ninguno, ni siquiera intención de contratarlo, pero me parece que García me dijo una vez, hace ya varios años, que conocía a alguien que sí. También me inquietó que no sé quién planeaba lanzar una OPA hostil contra una empresa que no pude escuchar bien su nombre porque la gorda de mi mujer se puso a hacer ruido al atragantarse con un hueso de pollo. ¿Acaso sería contra Lux-Elektra? ¿Corríamos peligros García y yo de perder el empleo? Decidí consultar, al día siguiente, al ínclito e inefable García, durante la comida, lejos de los oídos del jefe, qué era un OPA hostil, y si también existía la OPA amistosa, pues mi único compañero es un hacha para estos temas.

La noche fue muy parecida a todas las noches. Mi mujer, ya repuesta,  hizo un intento de contarme algo respecto a mi suegra, pero yo aborté el intento con gruñidos, a la vez que mostraba un inusitado interés por las previsiones meteorológicas; pues me sentía algo molesto con ella por su posible engaño, que aún no podía demostrar. De hecho, casi nunca conversábamos; y si lo hacíamos, ella hablaba y yo, simplemente, asentía. A las once en punto de la noche, según el reloj-despertador de la mesita de noche, como cada noche me puse mi pijama y me dispuse a dormir. Deseé “buenas noches” a mi mujer en un tono que no invitaba precisamente a creer en la sinceridad de mi declaración. Y noté que ésas eran los primeros sonidos con significado que brotaban de mi garganta desde mi llegada a la casa. Lamenté haber sido tan parco en palabras por culpa de un hecho del que carecía, de momento, de pruebas. En arrepentimiento, decidí no guardar mis pensamientos sólo para mí, y contarle el hecho extraordinario sucedido aquel día: que había salido media hora antes del trabajo, y que, ironías del destino, había llegado a casa a la hora de siempre. Sin embargo, cuando la vi con el camisón puesto –uno de esos momentos en que no la considero la mujer de mi vida– preferí, entonces, callar y cerrar los ojos.  Leonor me deseó las “buenas noches” de modo culpable, pareciendo, más que una formalidad, una petición de clemencia, y apagó la luz.

No había vuelto a pensar en el misterio del tren desde hacía ya un buen rato. Pero inmerso en la oscuridad de la noche, y en ese estado previo al sueño, que es el estado donde se vislumbran mejor las cosas, según los más reputados científicos, lo vi todo claro. Me incorporé bruscamente, asustando a mi Leonor, y esta vez, al contrario de lo habitual, dejé que oyera mis pensamientos.

–¡Claro! Era en el tren anterior donde viajaban el perturbado, el amor de mi vida y…  hasta tu amante. ¡Desvergonzada!

photos by Ovidi®

diciembre 13, 2010

Magnum, cascada, bocadillo

Filed under: bocadillos — despachos @ 9:42 pm

La gente a veces me dice “tas loco, tío” “tas fatal” “se te va la pinza, neng” ante la más mínima excentricidad. Pero de momento aún no me ha dado por hacer un blog en el que exclusivamente suba fotos en la que salgan siempre de una manera u otra estos tres elementos:

  1. Tom Selleck
  2. Cascada de agua
  3. Bocadillo

Pero para ser sincero siento mucha admiración por la persona a la que se le ocurrió la idea y jamás le diría esas cosas que me decís a mí. Le diría: “Señor (o señora), es usted genial”.

Si os sentís preparados para también admirar semejante experiencia, y siempre bajo vuestra propia responsabilidad, dadle al siguiente link: SELLECK WATERFALL SANDWICH

diciembre 12, 2010

Bon Nadal from P(a)u

Filed under: celebracions — despachos @ 6:38 pm

i feliç any nou

Mi sobrino P(a)u para poder jugar luego a la wii ha tenido que haceros antes esta felicitación con todo su cariño y estimación. Y cómo ya la ha hecho, os dejo que nos vamos a jugar a las carreras de coches.

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