Despachos de Guerra // Blue li(n)es

diciembre 21, 2010

TREN CON DESTINO

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 5:23 pm

“Diecinueve treinta” informaba el enorme reloj digital que, ajeno al tiempo real, nos vigilaba desde una pared de la oficina (he dicho ajeno al tiempo real porque se podría interpretar que anunciaba un año: 1930; año que hacía años que habíamos dejado atrás). “Siete y media” me indicaban las agujas del analógico de mi muñeca. A esa hora exacta, siempre abandono el trabajo de verdad y me dedico, simplemente, a su simulación. Ese fingimiento acaba a la hora de salir:  las “veinte cero cero” (inicio del siglo veintiuno o final del veinte, según se mire) en el dictatorial reloj de pared, o las “ocho en punto” en el amistoso de mi muñeca. Pero aquel día, mi jefe, después de reñir por teléfono con alguien (tal vez su esposa, tal vez su amante), emergió de su despacho con el rostro compungido y ordenó, tanto a mí como a García –sus únicos empleados–, que nos marcháramos a casa inmediatamente. Salimos antes de que se arrepintiese de su repentina decisión, y ninguno de los dos se atrevió  a indagar sobre el motivo de tan temprana marcha. Era la primera vez en mis seis años y dos meses de servicio a la empresa “Lux elektra” –dedicaba al iluminado mundo de las bombillas–, que partía sin escuchar las señales horarias correspondientes a las veinte horas pasado el meridiano en el aparato de radio que el jefe nos permitía tener, si no contamos el verano, en que finalizábamos nuestra jornada a las “tres en punto” o a las “mil quinientas” según relojes.

No me declaro amante de la rutina, pero estoy acostumbrado a salir a mi hora habitual, andar despacio los ocho minutos que separan la empresa de la estación de tren (aunque a veces tardo nueve, rara vez siete), coger el tren de las ocho y doce en el reloj de la estación, y llegar a mi ciudad a las ocho cincuenta y dos (aunque a veces hay retrasos, no imputables a mi persona, sino a la compañía del ferrocarril). Ocho minutos, curiosamente, son los que separan la estación de tren donde me apeo de mi casa (también a veces son nueve, e incluso siete). Transcurrido ese tiempo llego a casa justo al inicio de las noticias de las nueve por televisión, que veo mientras ceno. Aunque me producía mucha alegría ganar treinta minutos para mi propio ocio, he de reconocer que no estaba preparado para aquel rotundo cambio de planes.

Después de bajar las escaleras del edificio donde se emplaza la oficina y dejar atrás la salida del inmueble, al bifurcarse nuestras trayectorias, me despedí de García con el habitual “hasta luego” que siempre nos decimos, a pesar de que nunca nos veamos luego sino al día siguiente. Sin embargo aquel “luego” que alcanza al día siguiente, hoy sería media hora más extenso que el resto de “luegos” que nos hemos dicho durante seis años y dos meses, si descontamos los del viernes que son más amplios, o los de antes de vacaciones, que son “luegos” casi eternos. Me gustaría saber si el día que se jubile García (es dos años mayor que yo) también se despedirá del mismo modo. Podríamos decirnos “adiós”, “abur”, “hasta después”, “hasta pronto”, “hasta otro día”, “hasta otro rato”, “hasta mañana (o hasta el lunes, o hasta después de vacaciones)” e incluso “a la paz de Dios, ¡que usted lo pase bien!”, pero nosotros adoptamos desde la primera jornada de conocernos –el lejano día que ingresé en la empresa, y me presentaron a mi compañero García– aquel “hasta luego” que si bien no es del todo cierto, respira cierto aire de complicidad entre ambos que me agrada muchísimo. Tras la habitual despedida al compañero, inicié mi camino hacia la estación al mismo ritmo que lo haría cualquier otro día: a razón de seis pasos cada dos respiraciones.

Me preguntaba en que gastaría aquella preciosa media hora robada al tiempo de trabajo simulado. Quizás antes de las noticias ofrecieran un buen programa por televisión, tal vez un concurso de cultura general donde poder humillar al concursante oficial con mis superiores conocimientos. Entonces, me percaté de que no tenía ni idea de horarios de otros trenes que no fueran el mío. No sabía que hacer; podría pasar que acelerase el paso, y luego tuviera que esperar en la estación, o que anduviera con exagerada parsimonia, y se me escapara ese tren que salía con anterioridad al habitual de las ocho horas y doce minutos. Decidí mantener la calma, así como la misma velocidad de cada día. Cuando llegué a la estación, ocho minutos después de haber abandonado la oficina, deduje que todo iba bien, pues varias personas se dirigían hacia el andén subterráneo a la vez que yo. Pensé que probablemente se trataría de gente que salía de su oficina a una hora más prudente que la mía, y conocían del paso adecuado para realizar con éxito la llegada a la estación en el tiempo necesario.

Fue al divisar los urinarios de la estación cuando me entraron ganas de utilizarlos. Cada día iba al lavabo de la oficina a las ocho menos tres minutos, me ponía al salir el abrigo (eso ahora, en invierno; en primavera y otoño la chaqueta; en verano, nada), y marchaba cuando las señales horarias daban su permiso. Sin embargo, aquel día no había acudido a mi cita fisiológica, al haber huido con tanta precipitación. Para evitar sorpresas, decidí averiguar la hora de partida del siguiente tren. En una pantalla de televisión situada cerca de las taquillas sería donde podría al fin conocer del horario. Leí “disculpen las molestias…” y no seguí.  No pude preguntar en las taquillas porque había una cola formada por cinco personas, que tardaría más tiempo en diluirse del que yo invertiría en ir al lavabo. He de decir, llegados a este punto, que las taquillas y el lavabo se sitúan en el nivel de la calle, mientras que, por el contrario, el andén se halla en un nivel subterráneo, al que se accede mediante unas escaleras (mecánicas para la ascensión, manuales para el descenso).  En un acto del que todavía me arrepiento, decidí arriesgarme salvajemente y visitar los sucios urinarios de la estación.

Salí de los lavabos con las manos húmedas –no quise gastar excesivo tiempo en secarlas–, cuando escuché allá abajo, donde se sitúa el andén, los pitidos que preceden a las puertas que se cierran. Una mujer bajó las escaleras metafóricamente volando y alcanzó el tren. Pero yo, que sufro de problemas con mis tobillos desde la adolescencia, por culpa de mi ligero sobrepeso, no me quise arriesgar a sufrir una torcedura o un esguince. Bajé a la velocidad que mis leves impedimentos me permitieron, a un ritmo aproximado de cuatro escalones cada dos respiraciones, (pero teniendo en cuenta que mis respiraciones iban mucho más aceleradas que cuando ando desde la oficina a la estación). Pese a la relativa alta velocidad adquirida, tan sólo conseguí llegar a tiempo de, con desespero, observar como el tren iniciaba su lenta partida. Me senté, deprimido, a esperar el siguiente. Había cometido un error garrafal; nunca debí ir a los lavabos: tengo problemas con los tobillos, pero no con la próstata; podría haber aguantado perfectamente hasta mi casa para “cambiarle el agua al canario” que dicen mis ancianas tías para referirse al acto de expulsar del cuerpo los orines, pero la visión de los urinarios me había creado una necesidad irreal. Sin embargo, comprendí que no me debía amargar por tal circunstancia. Yo creo profundamente en el destino, y por sus designios había perdido aquel tren.

Aquí abajo (en el andén, no en los infiernos) sí que funcionaba la información horaria. El siguiente tren partiría exactamente a las ocho y doce minutos: ¡El mismo que me transportaba a mi ciudad cada día desde hacía seis años y dos meses! Estuve esperando más de treinta minutos a que llegara aquel tren mientras hojeaba el suplemento del periódico que habla de deportes con el que cada día me obsequia García para mi entretenimiento en el viaje de vuelta. Debí darme cuenta en aquel mismo instante: si lo leía ahora… ¿qué haría durante el trayecto?

Unos segundos antes de las ocho y doce minutos, subí a mi tren, conseguí aposentarme en mi asiento favorito –tercer vagón (o vagón central), segundo asiento de ventanilla de la izquierda, y vistas al lado montaña– y continué leyendo, pero tres estaciones más allá, dejé la lectura: aquellas hojas no daban para más. Me entretuve en mirar por la ventanilla, pero había tal oscuridad en el exterior, que no pude conseguir distraerme. Fue entonces cuando mi cabeza empezó a dar vueltas a un asunto. Pensé:  “Demasiada casualidad que saliera media hora antes, gozara de la oportunidad de coger el tren anterior, y debido a que mi cuerpo me ha exigido ir al lavabo, ahora estoy viajando en el tren de siempre. Es el destino el que me ha traído a este tren, mientras que mi jefe ha pretendido con su maniobra salvarme de mi sino, pero no se puede luchar contra algo que ya está escrito cuando naces, y que no acepta borrones ni cuentas nuevas. No cabe duda alguna: en este tren me espera la muerte. Probablemente en la próxima estación subirá un perturbado con una pistola y, sin mediar explicación alguna,  me disparará a bocajarro”.

En la siguiente estación no subió nadie que respondiera seriamente a las características del asesino en serie. Fue entonces cuando me recriminé: “Braulio, porque eres tan pesimista” –he olvidado presentarme, mi nombre es, efectivamente, Braulio– “Tu argumento del destino es bueno, Braulio, pero no debe ser enfocado hacia lo negativo. Quizá quien subirá en la próxima estación será la mujer de tu vida y se sentará a tu lado. Tal vez se trate de una princesa en el exilio que te pedirá que la ayudes a recuperar su reino”. He de decir, llegados a este otro punto, que estoy felizmente casado, y casi todo el tiempo pienso que Leonor –mi mujer– es la mujer de mi vida, pero en algunos momentos lo dudo. Por ejemplo cuando observo a hermosas bailarinas, ligeritas de ropa, contonear sus bellos cuerpos en mis programas favoritos de televisión. Por eso esperaba que subiera la verdadera mujer de mi vida, y debía ser más alta, más delgada y con más curvas que mi Leonor, que es como una tabla (mejor dicho, un tablón). En la siguiente estación subió una mujer, y se sentó a mi lado. Pero quizá pesara dos veces más que mi propia mujer, y también apestaba más que la mía. No podía ser el amor de mi vida; casi prefería la idea del desequilibrado disparando contra mi persona, que pasar el resto de mi vida al lado de aquella maloliente y enorme mujer. El hilo optimista tampoco parecía el adecuado. Mientras pensaba en un motivo neutro, ni demasiado positivo, ni oscuro  en exceso, llegó mi estación y me apeé.

En el camino hacia casa se me ocurrió una nueva idea, a priori plausible. “¡Ya lo tengo!  Ahora pillaré a mi mujer en la cama con otro”. Pero enseguida comprendí que se trataba de la ocurrencia más idiota de todas, pues lo que debería haber pasado para tal supuesto es que yo hubiese viajado en el tren anterior, llegado media hora antes a casa, y, entonces, descubrir a mi esposa con su amante. Pero ahora llegaría a la misma hora de siempre, por lo que si la sorprendía, si realmente existe un amante en el mundo con tan mal gusto, en ese caso es que se les había parado el reloj.

Llegué a mi hogar y me puse a ver mientras cenaba, como cada noche, las noticias. Estaba mi mujer… y su amante o se escondía en un armario o no existía mas que en mi imaginación. Me sorprendí, como cada día, con las cosas que suceden por el mundo. Seguí con especial atención la noticia que se hacía eco del rumor sobre la posible existencia de una filtración en la cúpula del “Banco Central Europeo” que podía haber desvelado un plan para incidir en la subida de los tipos de interés de los créditos hipotecarios de sus países miembros, pese a que no tengo ninguno, ni siquiera intención de contratarlo, pero me parece que García me dijo una vez, hace ya varios años, que conocía a alguien que sí. También me inquietó que no sé quién planeaba lanzar una OPA hostil contra una empresa que no pude escuchar bien su nombre porque la gorda de mi mujer se puso a hacer ruido al atragantarse con un hueso de pollo. ¿Acaso sería contra Lux-Elektra? ¿Corríamos peligros García y yo de perder el empleo? Decidí consultar, al día siguiente, al ínclito e inefable García, durante la comida, lejos de los oídos del jefe, qué era un OPA hostil, y si también existía la OPA amistosa, pues mi único compañero es un hacha para estos temas.

La noche fue muy parecida a todas las noches. Mi mujer, ya repuesta,  hizo un intento de contarme algo respecto a mi suegra, pero yo aborté el intento con gruñidos, a la vez que mostraba un inusitado interés por las previsiones meteorológicas; pues me sentía algo molesto con ella por su posible engaño, que aún no podía demostrar. De hecho, casi nunca conversábamos; y si lo hacíamos, ella hablaba y yo, simplemente, asentía. A las once en punto de la noche, según el reloj-despertador de la mesita de noche, como cada noche me puse mi pijama y me dispuse a dormir. Deseé “buenas noches” a mi mujer en un tono que no invitaba precisamente a creer en la sinceridad de mi declaración. Y noté que ésas eran los primeros sonidos con significado que brotaban de mi garganta desde mi llegada a la casa. Lamenté haber sido tan parco en palabras por culpa de un hecho del que carecía, de momento, de pruebas. En arrepentimiento, decidí no guardar mis pensamientos sólo para mí, y contarle el hecho extraordinario sucedido aquel día: que había salido media hora antes del trabajo, y que, ironías del destino, había llegado a casa a la hora de siempre. Sin embargo, cuando la vi con el camisón puesto –uno de esos momentos en que no la considero la mujer de mi vida– preferí, entonces, callar y cerrar los ojos.  Leonor me deseó las “buenas noches” de modo culpable, pareciendo, más que una formalidad, una petición de clemencia, y apagó la luz.

No había vuelto a pensar en el misterio del tren desde hacía ya un buen rato. Pero inmerso en la oscuridad de la noche, y en ese estado previo al sueño, que es el estado donde se vislumbran mejor las cosas, según los más reputados científicos, lo vi todo claro. Me incorporé bruscamente, asustando a mi Leonor, y esta vez, al contrario de lo habitual, dejé que oyera mis pensamientos.

–¡Claro! Era en el tren anterior donde viajaban el perturbado, el amor de mi vida y…  hasta tu amante. ¡Desvergonzada!

photos by Ovidi®

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2 comentarios »

  1. Muy bonita historia

    Como ando apurado de tiempo dejo primero el comentario, ya me la leeré cuando pueda

    Comentario por tacitus — diciembre 22, 2010 @ 2:56 pm | Responder

  2. jo 😦

    Comentario por despachos — diciembre 22, 2010 @ 5:10 pm | Responder


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