Despachos de Guerra // Blue li(n)es

enero 7, 2011

El arca de Noé

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 11:33 pm

the love boat

Mi amigo Ricky y yo hemos estado pensando un poco acerca del Arca de Noé y hemos llegado a una sola conclusión y a su vez nos han surgido muchas  dudas al respecto:

CONCLUSIÓN:

– La decisión de Dios de anegar la tierra para destruir casi en su totalidad la raza humana podría considerarse el primer genocidio de la historia.

DUDAS:

– ¿Como cupieron los cinco millones de especies distintas de animales que existen en un arca?

– ¿Como eligieron a los animales? ¿Los dos primeros que llegaran? ¿Hubo algún tipo de preselección?

– ¿Que comían en el arca? Dios le dijo a Noé que llevara la comida necesaria pero normalmente se comen unos a otros, se llama cadena alimenticia. ¿No se comieron los leones a las cebras de a bordo? ¿Prefirieron coles de Bruselas y zanahorias para todo el trayecto?

– Si la pretensión era castigar a los humanos y al resto de las especies ¿que hay de los peces? Porque para ellos fue una de las mejores épocas de su vida. Calamar, ¿Vamos a la montaña? ¡Vamos!

– ¿Por qué Noe envió primero al negro cuervo para ver si las cosas estaban muy chungas y cuando ya estaban más calmadas a la blanca paloma? ¿Racismo?

– Lo del arco iris que regaló Dios a los humanos… ¿no es un poco gay?

Y esta cuestión ya no tiene que ver tanto con el arca como con Noé. Si Noé murió con 950 años y estuvo construyendo el arca 120 ¿a que edad se jubiló? Porque según como le pudo salir muy caro a la Seguridad Social de entonces.

Y ya para terminar simplemente recordar que en abril de 2010 investigadores turcos y chinos encontraron restos del Arca, por lo que quizá estemos más cerca de una explicación a las cuestiones anteriores.

diciembre 21, 2010

TREN CON DESTINO

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 5:23 pm

“Diecinueve treinta” informaba el enorme reloj digital que, ajeno al tiempo real, nos vigilaba desde una pared de la oficina (he dicho ajeno al tiempo real porque se podría interpretar que anunciaba un año: 1930; año que hacía años que habíamos dejado atrás). “Siete y media” me indicaban las agujas del analógico de mi muñeca. A esa hora exacta, siempre abandono el trabajo de verdad y me dedico, simplemente, a su simulación. Ese fingimiento acaba a la hora de salir:  las “veinte cero cero” (inicio del siglo veintiuno o final del veinte, según se mire) en el dictatorial reloj de pared, o las “ocho en punto” en el amistoso de mi muñeca. Pero aquel día, mi jefe, después de reñir por teléfono con alguien (tal vez su esposa, tal vez su amante), emergió de su despacho con el rostro compungido y ordenó, tanto a mí como a García –sus únicos empleados–, que nos marcháramos a casa inmediatamente. Salimos antes de que se arrepintiese de su repentina decisión, y ninguno de los dos se atrevió  a indagar sobre el motivo de tan temprana marcha. Era la primera vez en mis seis años y dos meses de servicio a la empresa “Lux elektra” –dedicaba al iluminado mundo de las bombillas–, que partía sin escuchar las señales horarias correspondientes a las veinte horas pasado el meridiano en el aparato de radio que el jefe nos permitía tener, si no contamos el verano, en que finalizábamos nuestra jornada a las “tres en punto” o a las “mil quinientas” según relojes.

No me declaro amante de la rutina, pero estoy acostumbrado a salir a mi hora habitual, andar despacio los ocho minutos que separan la empresa de la estación de tren (aunque a veces tardo nueve, rara vez siete), coger el tren de las ocho y doce en el reloj de la estación, y llegar a mi ciudad a las ocho cincuenta y dos (aunque a veces hay retrasos, no imputables a mi persona, sino a la compañía del ferrocarril). Ocho minutos, curiosamente, son los que separan la estación de tren donde me apeo de mi casa (también a veces son nueve, e incluso siete). Transcurrido ese tiempo llego a casa justo al inicio de las noticias de las nueve por televisión, que veo mientras ceno. Aunque me producía mucha alegría ganar treinta minutos para mi propio ocio, he de reconocer que no estaba preparado para aquel rotundo cambio de planes.

Después de bajar las escaleras del edificio donde se emplaza la oficina y dejar atrás la salida del inmueble, al bifurcarse nuestras trayectorias, me despedí de García con el habitual “hasta luego” que siempre nos decimos, a pesar de que nunca nos veamos luego sino al día siguiente. Sin embargo aquel “luego” que alcanza al día siguiente, hoy sería media hora más extenso que el resto de “luegos” que nos hemos dicho durante seis años y dos meses, si descontamos los del viernes que son más amplios, o los de antes de vacaciones, que son “luegos” casi eternos. Me gustaría saber si el día que se jubile García (es dos años mayor que yo) también se despedirá del mismo modo. Podríamos decirnos “adiós”, “abur”, “hasta después”, “hasta pronto”, “hasta otro día”, “hasta otro rato”, “hasta mañana (o hasta el lunes, o hasta después de vacaciones)” e incluso “a la paz de Dios, ¡que usted lo pase bien!”, pero nosotros adoptamos desde la primera jornada de conocernos –el lejano día que ingresé en la empresa, y me presentaron a mi compañero García– aquel “hasta luego” que si bien no es del todo cierto, respira cierto aire de complicidad entre ambos que me agrada muchísimo. Tras la habitual despedida al compañero, inicié mi camino hacia la estación al mismo ritmo que lo haría cualquier otro día: a razón de seis pasos cada dos respiraciones.

Me preguntaba en que gastaría aquella preciosa media hora robada al tiempo de trabajo simulado. Quizás antes de las noticias ofrecieran un buen programa por televisión, tal vez un concurso de cultura general donde poder humillar al concursante oficial con mis superiores conocimientos. Entonces, me percaté de que no tenía ni idea de horarios de otros trenes que no fueran el mío. No sabía que hacer; podría pasar que acelerase el paso, y luego tuviera que esperar en la estación, o que anduviera con exagerada parsimonia, y se me escapara ese tren que salía con anterioridad al habitual de las ocho horas y doce minutos. Decidí mantener la calma, así como la misma velocidad de cada día. Cuando llegué a la estación, ocho minutos después de haber abandonado la oficina, deduje que todo iba bien, pues varias personas se dirigían hacia el andén subterráneo a la vez que yo. Pensé que probablemente se trataría de gente que salía de su oficina a una hora más prudente que la mía, y conocían del paso adecuado para realizar con éxito la llegada a la estación en el tiempo necesario.

Fue al divisar los urinarios de la estación cuando me entraron ganas de utilizarlos. Cada día iba al lavabo de la oficina a las ocho menos tres minutos, me ponía al salir el abrigo (eso ahora, en invierno; en primavera y otoño la chaqueta; en verano, nada), y marchaba cuando las señales horarias daban su permiso. Sin embargo, aquel día no había acudido a mi cita fisiológica, al haber huido con tanta precipitación. Para evitar sorpresas, decidí averiguar la hora de partida del siguiente tren. En una pantalla de televisión situada cerca de las taquillas sería donde podría al fin conocer del horario. Leí “disculpen las molestias…” y no seguí.  No pude preguntar en las taquillas porque había una cola formada por cinco personas, que tardaría más tiempo en diluirse del que yo invertiría en ir al lavabo. He de decir, llegados a este punto, que las taquillas y el lavabo se sitúan en el nivel de la calle, mientras que, por el contrario, el andén se halla en un nivel subterráneo, al que se accede mediante unas escaleras (mecánicas para la ascensión, manuales para el descenso).  En un acto del que todavía me arrepiento, decidí arriesgarme salvajemente y visitar los sucios urinarios de la estación.

Salí de los lavabos con las manos húmedas –no quise gastar excesivo tiempo en secarlas–, cuando escuché allá abajo, donde se sitúa el andén, los pitidos que preceden a las puertas que se cierran. Una mujer bajó las escaleras metafóricamente volando y alcanzó el tren. Pero yo, que sufro de problemas con mis tobillos desde la adolescencia, por culpa de mi ligero sobrepeso, no me quise arriesgar a sufrir una torcedura o un esguince. Bajé a la velocidad que mis leves impedimentos me permitieron, a un ritmo aproximado de cuatro escalones cada dos respiraciones, (pero teniendo en cuenta que mis respiraciones iban mucho más aceleradas que cuando ando desde la oficina a la estación). Pese a la relativa alta velocidad adquirida, tan sólo conseguí llegar a tiempo de, con desespero, observar como el tren iniciaba su lenta partida. Me senté, deprimido, a esperar el siguiente. Había cometido un error garrafal; nunca debí ir a los lavabos: tengo problemas con los tobillos, pero no con la próstata; podría haber aguantado perfectamente hasta mi casa para “cambiarle el agua al canario” que dicen mis ancianas tías para referirse al acto de expulsar del cuerpo los orines, pero la visión de los urinarios me había creado una necesidad irreal. Sin embargo, comprendí que no me debía amargar por tal circunstancia. Yo creo profundamente en el destino, y por sus designios había perdido aquel tren.

Aquí abajo (en el andén, no en los infiernos) sí que funcionaba la información horaria. El siguiente tren partiría exactamente a las ocho y doce minutos: ¡El mismo que me transportaba a mi ciudad cada día desde hacía seis años y dos meses! Estuve esperando más de treinta minutos a que llegara aquel tren mientras hojeaba el suplemento del periódico que habla de deportes con el que cada día me obsequia García para mi entretenimiento en el viaje de vuelta. Debí darme cuenta en aquel mismo instante: si lo leía ahora… ¿qué haría durante el trayecto?

Unos segundos antes de las ocho y doce minutos, subí a mi tren, conseguí aposentarme en mi asiento favorito –tercer vagón (o vagón central), segundo asiento de ventanilla de la izquierda, y vistas al lado montaña– y continué leyendo, pero tres estaciones más allá, dejé la lectura: aquellas hojas no daban para más. Me entretuve en mirar por la ventanilla, pero había tal oscuridad en el exterior, que no pude conseguir distraerme. Fue entonces cuando mi cabeza empezó a dar vueltas a un asunto. Pensé:  “Demasiada casualidad que saliera media hora antes, gozara de la oportunidad de coger el tren anterior, y debido a que mi cuerpo me ha exigido ir al lavabo, ahora estoy viajando en el tren de siempre. Es el destino el que me ha traído a este tren, mientras que mi jefe ha pretendido con su maniobra salvarme de mi sino, pero no se puede luchar contra algo que ya está escrito cuando naces, y que no acepta borrones ni cuentas nuevas. No cabe duda alguna: en este tren me espera la muerte. Probablemente en la próxima estación subirá un perturbado con una pistola y, sin mediar explicación alguna,  me disparará a bocajarro”.

En la siguiente estación no subió nadie que respondiera seriamente a las características del asesino en serie. Fue entonces cuando me recriminé: “Braulio, porque eres tan pesimista” –he olvidado presentarme, mi nombre es, efectivamente, Braulio– “Tu argumento del destino es bueno, Braulio, pero no debe ser enfocado hacia lo negativo. Quizá quien subirá en la próxima estación será la mujer de tu vida y se sentará a tu lado. Tal vez se trate de una princesa en el exilio que te pedirá que la ayudes a recuperar su reino”. He de decir, llegados a este otro punto, que estoy felizmente casado, y casi todo el tiempo pienso que Leonor –mi mujer– es la mujer de mi vida, pero en algunos momentos lo dudo. Por ejemplo cuando observo a hermosas bailarinas, ligeritas de ropa, contonear sus bellos cuerpos en mis programas favoritos de televisión. Por eso esperaba que subiera la verdadera mujer de mi vida, y debía ser más alta, más delgada y con más curvas que mi Leonor, que es como una tabla (mejor dicho, un tablón). En la siguiente estación subió una mujer, y se sentó a mi lado. Pero quizá pesara dos veces más que mi propia mujer, y también apestaba más que la mía. No podía ser el amor de mi vida; casi prefería la idea del desequilibrado disparando contra mi persona, que pasar el resto de mi vida al lado de aquella maloliente y enorme mujer. El hilo optimista tampoco parecía el adecuado. Mientras pensaba en un motivo neutro, ni demasiado positivo, ni oscuro  en exceso, llegó mi estación y me apeé.

En el camino hacia casa se me ocurrió una nueva idea, a priori plausible. “¡Ya lo tengo!  Ahora pillaré a mi mujer en la cama con otro”. Pero enseguida comprendí que se trataba de la ocurrencia más idiota de todas, pues lo que debería haber pasado para tal supuesto es que yo hubiese viajado en el tren anterior, llegado media hora antes a casa, y, entonces, descubrir a mi esposa con su amante. Pero ahora llegaría a la misma hora de siempre, por lo que si la sorprendía, si realmente existe un amante en el mundo con tan mal gusto, en ese caso es que se les había parado el reloj.

Llegué a mi hogar y me puse a ver mientras cenaba, como cada noche, las noticias. Estaba mi mujer… y su amante o se escondía en un armario o no existía mas que en mi imaginación. Me sorprendí, como cada día, con las cosas que suceden por el mundo. Seguí con especial atención la noticia que se hacía eco del rumor sobre la posible existencia de una filtración en la cúpula del “Banco Central Europeo” que podía haber desvelado un plan para incidir en la subida de los tipos de interés de los créditos hipotecarios de sus países miembros, pese a que no tengo ninguno, ni siquiera intención de contratarlo, pero me parece que García me dijo una vez, hace ya varios años, que conocía a alguien que sí. También me inquietó que no sé quién planeaba lanzar una OPA hostil contra una empresa que no pude escuchar bien su nombre porque la gorda de mi mujer se puso a hacer ruido al atragantarse con un hueso de pollo. ¿Acaso sería contra Lux-Elektra? ¿Corríamos peligros García y yo de perder el empleo? Decidí consultar, al día siguiente, al ínclito e inefable García, durante la comida, lejos de los oídos del jefe, qué era un OPA hostil, y si también existía la OPA amistosa, pues mi único compañero es un hacha para estos temas.

La noche fue muy parecida a todas las noches. Mi mujer, ya repuesta,  hizo un intento de contarme algo respecto a mi suegra, pero yo aborté el intento con gruñidos, a la vez que mostraba un inusitado interés por las previsiones meteorológicas; pues me sentía algo molesto con ella por su posible engaño, que aún no podía demostrar. De hecho, casi nunca conversábamos; y si lo hacíamos, ella hablaba y yo, simplemente, asentía. A las once en punto de la noche, según el reloj-despertador de la mesita de noche, como cada noche me puse mi pijama y me dispuse a dormir. Deseé “buenas noches” a mi mujer en un tono que no invitaba precisamente a creer en la sinceridad de mi declaración. Y noté que ésas eran los primeros sonidos con significado que brotaban de mi garganta desde mi llegada a la casa. Lamenté haber sido tan parco en palabras por culpa de un hecho del que carecía, de momento, de pruebas. En arrepentimiento, decidí no guardar mis pensamientos sólo para mí, y contarle el hecho extraordinario sucedido aquel día: que había salido media hora antes del trabajo, y que, ironías del destino, había llegado a casa a la hora de siempre. Sin embargo, cuando la vi con el camisón puesto –uno de esos momentos en que no la considero la mujer de mi vida– preferí, entonces, callar y cerrar los ojos.  Leonor me deseó las “buenas noches” de modo culpable, pareciendo, más que una formalidad, una petición de clemencia, y apagó la luz.

No había vuelto a pensar en el misterio del tren desde hacía ya un buen rato. Pero inmerso en la oscuridad de la noche, y en ese estado previo al sueño, que es el estado donde se vislumbran mejor las cosas, según los más reputados científicos, lo vi todo claro. Me incorporé bruscamente, asustando a mi Leonor, y esta vez, al contrario de lo habitual, dejé que oyera mis pensamientos.

–¡Claro! Era en el tren anterior donde viajaban el perturbado, el amor de mi vida y…  hasta tu amante. ¡Desvergonzada!

photos by Ovidi®

noviembre 20, 2010

Garfunkel and Simón

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 4:50 pm

Ya sé que es Simon and Garfunkel, pero a mí Garfunkel me cae mejor, e hizo un impagable cameo en ‘Flight of the Conchords’. Además, ya sé que las posibilidades son remotas, pero imaginaos la cara de Paul Simon si algún día lee esto, que encima le he puesto acento al apellido para que se cabree aún  más.

El caso es que vi de nuevo “el Graduado” esta semana y como unas cosas llevan a otras, he estado escuchando canciones de este par. Y lo que he descubierto es que hay dos de esas canciones que yo jamás podré escuchar como lo hacen los demás, pues me traen recuerdos que llegan a transformar la propia canción. Os lo cuento en dos partes.

1.- LOS SONIDOS DEL SILENCIO, LA ESCUELA Y EL ♪♫♪CHU-CHU-O CHU-CHU-A♪♫♪

Esta canción es la que los simpáticos curas que tan bien me enseñaron religión decidieron que cantáramos en clase, eso sí, con una letra cristianizada para la ocasión.  ♪♫♪Padre nuestro tú que estás / en los que aman la verdad…♪♫♪ Y justo entre ese ♪♫♪Padre nuestro tú que estás♪♫♪ y ese ♪♫♪en los que aman la verdad…♪♫♪ y sucesivos, que luego seguía, fue donde mi buen amigo Pérez me hizo saber que quedaría que ni pintado un ♪♫♪chu-chu-o chu-chu-a♪♫♪.  Y no tuve más remedio que darle toda la razón del mundo, pues si hacéis la prueba veréis que en vuestro caso entre el ♪♫♪Hello darkness my old friend♪♫♪ y el ♪♫♪I’ve come to talk with you again♪♫♪ y sucesivos, que la cosa sigue, queda que ni pintado un ♪♫♪chu-chu-o chu-chu-a♪♫♪. Total, que como podréis imaginar no tuvimos más remedio que incorporar ese recién descubrimiento a las siguientes interpretaciones de la canción. Pero claro, algo tan contagioso no pasó por alto al resto de compañeros y enseguida ya fue todo el mundo el que adaptó ese goloso ♪♫♪chu-chu-o chu-chu-a♪♫♪ que casi parece increíble que no lo digan en el original del tema con lo bien que queda. Lo más curioso es que el profesor nunca nos llamó la atención por ello, y mira que por cualquier tontería ponía el grito en el cielo.

En fin, que sé que estáis deseando probarlo, vale, pero alerta que os gustará tanto que ya nunca la canción será igual para vosotros, como me pasó a mí, y declino toda responsabilidad al respecto.

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2.- EL BOXEADOR, IRLANDA Y EL ♪♫♪BUM♪♫♪

Pues en mi primer y único viaje a la Irlanda profunda -estoy deseando volver- en la mayoría de pubs el grupo local que amenizaba la velada acababa, tarde o temprano, interpretando ‘The boxer” de los amigos S&G, canción que solía cantar todo el pub al unísono, como una sola voz.  Ya sabéis, o deberáis saber, que en esa canción entre los ♪♫♪lailalai♪♫♪ suenan unos ♪♫♪’bum’♪♫♪ que se supone que simbolizan los puñetazos que le dan al pobre boxeador al que cantan. Pues bien, cuando llegaba ese momento, los irlandeses (y nosotros, que nos costó poco sumarnos) se volvían literalmente locos gritando ♪♫♪bum♪♫♪ y haciendo ruido con lo que tenían más a mano: ceniceros, jarras de cerveza o simplemente pataleando. Y claro, ahora, cada vez que escucho la canción, cuando llegan los ♪♫♪bum♪♫♪ pues tengo que gritar ♪♫♪bum♪♫♪ o hacer ruido con lo más cercano que tenga sin poder evitarlo.

En fin, que ya sé que esto también estáis deseando probarlo, vale, pero alerta que os pasará igual que con los Sounds of Silence, que ya nunca escucharéis la canción con las mismas orejas. De nuevo declino  cualquier responsabilidad. Bajo vuestro propio riesgo.

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Si lo anterior os ha parecido poco serio siempre le podéis dar AQUÍ

noviembre 18, 2010

4 historias bíblicas

Filed under: historias_biblicas — despachos @ 8:28 pm

#1 DAVID.

Sí, el que venció a Goliath, pero luego, ya siendo rey, cometió un pecado capital: adulterio con Betsabé, la esposa de Urías el hitita. Lo que pasó es que la vio el rey David a Betsabé en el baño y quedó prendado de ella. Claro que si esto se lo contáis a vuestra pareja, tenéis que añadir que no quedó tan prendado como yo de ti dándole más importancia a lo vuestro para evitar el drama de los celos, pero la verdad es que la cosa con David fue fuerte y os puedo asegurar que hubo misterio o sea temita o edredoning para entendernos en la casa de Urías según yo infiero aunque no debería inferir, lo sé.

¿En la carta de Hungría? ¡Yo no he dicho eso!

#2 JUDIT.

Era una viuda hebrea que estaba de muy buen ver. Un general babilónico, Holofernes, pues se coló por sus huesitos y ella, que estaba más por la guerra que por el amor, hizo ver que también estaba por él y fue así cuando la hermosa Judit venció a Holofernes, pero lo venció con caricias, no con desdenes ya que cuando lo tenía engañado del todo con su falsa correspondencia amorosa, digamos que supo cortarle la cabeza del cuello y degollarle.

¿Desdeles? ¡yo no he dicho eso!

#3 DALILA.

Sí, la mujer a la que amó Sansón y acabó siendo su perdición, y es que los filisteos, que con ese nombre ya os podéis imaginar que eran los malos, interrogaron a Dalila sobre el secreto de la fuerza de Sansón y por tres veces mintió Dalila pero a la cuarta les contó que su secreto eran sus largos cabellos que no se cortaba en cumplimiento de un voto a Dios y Dalila  infame mientras Sansón dormía  los hilos de la fuerza supo cortarle. Y aquí aprovecho para daros un consejo pues me gustaría que esto anterior sirva de aviso, que  a mayor confianza, mayor peligro.

¿Lalila? ¡Yo no he dicho eso!

#4 ABSALÓN.

Se trata de uno de los hijos de David (ver #1) Era una especie de Jon Bon Jovi de la época, pues era apreciado por su belleza y por su larga melena. Absalón presumía de sus cabellos, que no le competían ángeles bellos. Pero, desgraciadamente fueron estos cabellos los que acabarían con él pues huyendo en una batalla se quedó su melena enredada en unos árboles lo que los malos aprovecharon para atravesarlo con  una lanza. Y aquí os daré otro consejo a los que lleváis melenita y os creéis tan guapos mientras los barberos tienen que cerrar por falta de clientela, pues que os sirva de aviso, que sus cabellos fueron su precipicio.

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Y hasta aquí las cuatro historias bíblicas. Mañana examen. Bah, no os quejéis, que tengo un truco para que lo memoricéis fácilmente. Se trata que os aprendáis la letra de esta canción:

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